“La Máquina Excesiva nos matará a todos al final. Algunas ya lo saben.“
Mckenzie Wark
“El ritmo maquínico, despega junto al control.”
Sadie Plant & Nick Land
“La catástrofe es el pasado que se cae a pedazos. La anástrofe es el futuro que se está creando. Mirando desde el interior de la historia, la divergencia está alcanzando proporciones críticas.” Si lo anastrófico es nuestro tropos actual, donde saturación y aceleración forman parte inmanente del vivir, ¿en qué tipo de inmanencia estamos? ¿Qué fuerzas de arrastre nos tocan, nos mueven, o incluso nos catatonizan?
Se trata de explorar materialidades que nos descomponen, no desde una modalidad negativa, sino fuera de cualquier parámetro orientado hacia el uno o hacia una completitud no residual. Estamos expuestos a formas tecnológicas que apenas ahora, de manera diferida, comenzamos a comprender. La disolución de la carne es inevitable, y las formas de alienación están aún lejos de ser comprendidas. Experimentar con ellas se vuelve un imperativo, no por una exigencia categórica, sino por la imposibilidad misma de desacelerar.
Aquí, la aceleración no será abordada desde la perspectiva moral de las izquierdas ni desde la a-moralidad de las derechas, ni en función de sus vínculos éticos. No sabemos lo que puede un cuerpo, pero tampoco conocemos el alcance de estas fuerzas de información y velocidad. La aceleración es ya inmanente al aparato militar extendido; las tecnologías solo se desarrollan bajo ese imperativo.
Sin embargo, algo se libera. Hay elementos materiales que se dispersan. Entramos en un flujo que disuelve los límites entre razón y cuerpo, y que inmanentiza otras maneras aún desconocidas. Probablemente nos deshagamos del trabajo, pero no de la explotación. Desimbricar las tecnologías de su uso y explotación para la extracción de plusvalía debería ser un motor de liberación: un paso hacia la comprensión de estas fuerzas y de la materialidad que nos arrastra.
Podríamos trazar una secuencia: el primer encuentro fue con la técnica y la poiesis; el segundo, con la producción artesanal a pequeña escala y por necesidad; el tercero, con la maquinaria, la gran industria y su carnicería; el cuarto, con internet y las máquinas de tercera, cuarta y quinta, generación: las IAs, con su capacidad de conectar, predecir y regular sistemas. Desde el ruido de fondo hasta las formas más sofisticadas de almacenar, analizar y descartar información, se configura una base en hercios para toda relación con la realidad.
¿Por qué en la alienación habría un contacto con la materia? ¿Por qué la alienación es el resentir de la energía?
¿Subsunción o disociación?
Es habitual volver constantemente a los Grundrisse y a los apuntes de Marx. Ahí encontramos a un Marx extático o escribiendo desde una disociación dispersa, periférica. A partir de estos textos surgen muchos de los nombres y conceptos que han intentado dar cuenta de la materialidad que excede las formas industriales capitalistas decimonónicas de extracción de plusvalía. La noción de trabajo inmaterial o del cognitariado se establece en ese paso tardío del capitalismo que remonta a los años 60-70, con las reformas neoliberales, la tercerización de la industria y la negación del trabajo. Ya entonces, la dispersión y el caos generaban nuevas maneras de extraer plusvalía, que no alcanzarían una concretización hasta el advenimiento masivo de las llamadas “inteligencias artificiales”.
No obstante, en el contexto de la producción inmaterial y biopolítica, esta exigencia tradicional adquiere un nuevo aspecto. No sólo la multitud utiliza máquinas para producir, sino que ella misma deviene cada vez más maquínica, estando los medios de producción cada vez más incorporados a los cuerpos y espíritus de la multitud. En este contexto la reapropiación significa tener el libre acceso (y el control sobre) el conocimiento, la información, la comunicación y los afectos, ya que éstos son algunos de los medios principales en la producción biopolítica. En este comunismo, como se maravillan ellos, ya no SE compartirán las riquezas sino las informaciones, y todo el mundo será a la vez productor y consumidor. ¡Cada cual devendrá su « automedia »! ¡El comunismo será un comunismo de robots!
Han sido décadas de recopilación de información que han dado fruto en herramientas predictivo-algorítmicas para el marketing y que ahora se concretan en modelos de razonamiento predictivo. Wark llama “clase vectorialista” a la nueva clase que emerge de la explotación de la información y que, de algún modo, se sitúa por encima de la clase capitalista. Su apuesta es clara: dar por muerto al capitalismo; estaríamos ya en medio de algo peor.
Wark lo describe como una infame posesión: cantidades inimaginables de información que anticipan cualquier enunciado. Por el contrario, reducida a un rol enunciativo y casi sin agencia, la clase hacker produce esa masa representacional —datos, patentes, copyrights y trabajo inmaterial cooptado—, pero ¿qué queda de ese resto continuamente capturado?
Siguiendo el razonamiento que adopta Mark Fisher en sus últimas clases, habría una gran clase —o una multiplicidad sin clase— llamada clase subyugada, de la cual la clase hacker formaría parte, junto a agricultores y artesanos, es decir, quienes son cooptados por el capitalismo cibernetizado.
¿En qué consiste ese “peor”? Puntualmente en que la clase vectorialista es dueña de esa incesante energía y del flujo informacional como fuerza productiva. En ese marco, cualquier materialidad o flujo puede ser decodificado y puesto en producción. Desconocemos los niveles de plusvalía que se nos extraen; el control deviene dimensión predictiva agenciada, casi mágica, que se nos adelanta y co-produce nuestra subjetividad. De ahí: no hay salida, ni afuera, salvo ir a esos flujos no-humanos, hacer con-tacto. Es precisamente en este gesto donde se abre un territorio de experimentación estética y política: un terreno donde el control predictivo no se elude, pero sí se atraviesa, buscándole su borde.
Fue en ese contexto que, exponiendo una lectura crítica de Raving de McKenzie Wark —que titulamos Inmanencias Ravers—, y en medio de múltiples discusiones, así como en el seminario posterior que la propia Wark impartió en el MUAC, se abrió un debate en torno a la noción de goce desde diversas perspectivas. El texto que aquí se desarrolla surge precisamente de esa pregunta por el goce: quizá en términos de jouissance, o bien, desde el raving continuum, como un acceso al punto límite.
El ejemplo proviene de la Mujer Androide del Amazonas en Kodwo Eshun y de la Máquina Excesiva que Wark introduce. Puntualmente, denominé este estrato —o esta disociación— como alienación ciberpositiva.
Para pensar el input de esta cuarta disociación, Wark retoma el concepto de la Máquina Excesiva de la película Barbarella. En ella, el personaje de Duran Duran utiliza dicha máquina para extraer placer del cuerpo de Barbarella hasta llevarla al límite: la muerte por tecno-placer. Sin embargo, Barbarella sobrevive, lo que Wark interpreta como una capacidad de resistencia y adaptación al placer extremo que la máquina produce.
En el contexto del rave y la música techno, la Máquina Excesiva funciona como metáfora de la tecnología sonora —DJs, sistemas de sonido— que genera un placer y una intensidad tan abrumadores que arrastran a los participantes hacia estados de entrega total y pérdida del yo. Wark lo describe como una experiencia en la que el ritmo y el sonido “follan” al cuerpo, obligándolo a bailar y a disociarse..
Por otra parte Kodwo Eshun, usa un ejemplo similar desde lo que llamará la Mujer Androide del Amazonas, puntualmente cita la versión de She’s Lost Control de Joy Division hecha por Grace Jones. “En la versión de Jones, la modelo perdiendo el control produce la sensación de una auto locomoción al límite de sus fuerzas, del cuerpo humano congelándose en el rictus de la máquina. El/la modelo encarna la temporalidad de la línea de ensamble, con su sucesión de generaciones, su obsolescencia programada y su vida útil de tres años.”
Su mujer-máquina encarna un tipo de alienación tardía, propia del postfordismo: la serie y la sucesión de desfiguraciones vocales de un androide frenético, constituido también desde su pretensión militar. No goza porque no se disuelve por completo; su disolución ocurre en lo tenue y repetitivo de la cadena de montaje. Otro goce, otra repetición.
La metáfora de Wark se vuelve entonces intensa: intenta romper —o más bien abrir— una “fisura metabólica” por donde se entrelazan múltiples energías y flujos dispares. No hay concreción de intensidades, sino un tacto con el afuera disociante.
Las fantasías libidinales de la integración maquínica, por muy “patológicas” que sean, sugieren una fusión utópica de la aceleración de la libido con la aceleración de un trabajo repetitivo y maquínico. Para los aceleracionistas, esta infusión o fusión, produce una multiplicidad que explota los límites del ego, abriéndolo a nuevas posibilidades vitales. Lo real de la producción, al infundirse el deseo en la máquina, rompe las rutinas iterativas. El trabajo sería (por fin) sexy. Aunque el hecho de que se trate de un estado sin sentimiento o pensamiento, también podría indicar que el sexo se parece al trabajo…
Para hacer un poco más dinámica la lectura enunciaré brevemente estas cuatro disociaciones, espacio rave (k-time), xeno-euforia (otherness), ilujurismo (spark-flesh) y (supuesta) alienación ciberpositiva.
Ravespace: Este estado implica una disociación de la subjetividad o del “yo”, donde la persona existe simultáneamente dentro y fuera de su cuerpo. Wark lo describe como un estado de libertad que requiere una re-extensión interminable. La corriente de pensamiento puede continuar, pero el “yo” no está presente en ella. Xeno-euforia: En este tipo de disociación, la mente se sumerge en la carne, abrazando su extrañeza o alienación (lo que Wark llama “xeno-flesh”). En lugar de sentirse expulsado del cuerpo por sentirse ajeno, se abraza esa otredad. Wark la relaciona con la experiencia trans de la disforia, transformándola en euforia a través de la aceptación de su extrañeza. Implica que la extrañeza del cuerpo propio se distribuye en otros cuerpos en la pista de baile, difuminando los límites.
Enlustment: Esta es una disociación hacia el cuerpo, experimentándose como un intenso núcleo de lujuria expansiva. A diferencia de la xeno-euforia, que busca la extrañeza, el enlustment se sumerge en lo más ordinario y mamífero del cuerpo, sin importar si existe una “ongoingness” (continuidad o un futuro deseado). Es un estado más carnal, donde la energía se desborda del cuerpo sin una meta específica más allá del momento presente.
Wark enfatiza que estas disociaciones ocurren dentro del k-time, un concepto de tiempo que se genera en el rave. “El k-time es un tiempo lateral, amplificado por la máquina, que se separa de la duración lineal y ocurre sin memoria ni expectativas, sin historia ni deseo. Los raves son “situaciones construidas” que tienen como objetivo generar el k-time, que luego se pliega en el “rave continuum”, una temporalidad paralela que conecta todas las experiencias de rave”. Siguiendo a la autora, “esta capacidad de disociación puede ser una forma de encontrar liberación y un sentido de pertenencia en un mundo que a menudo es hostil, especialmente para las personas trans. Los raves son lugares donde estas experiencias estéticas y liberadoras pueden manifestarse, permitiendo que el cuerpo y la mente se conecten o se disocien de maneras que no son posibles en la vida cotidiana”.
Entonces, ¿a qué nos enfrentamos en esta (supuesta) cuarta disociación? ¿Qué experienciamos en la subsunción, y que experienciamos en la relación con las máquinas?
Para Wark —de manera vulgar, como ella misma plantea— el capitalismo es una máquina de picar carne. ¿En qué punto esto podría acercarnos al goce? ¿De qué manera la alienación, y puntualmente la alienación ciberpositiva, constituye un fuera de? “El trabajo no es un origen que sustituya la creación divina por una concreción histórica, sino un potencial impersonal para explotar (liberar) energía”.
¿Se nos han expropiado incluso las formas de experimentar nuestra propia explotación, nuestro propio desgaste, nuestro propio exceso? No lo planteo como una romantización; muy por el contrario, experienciar desde una perspectiva experimental y voluntaria —sin los aparatos de captura del capital y de extracción de plusvalía— nos situaría en una relación con un tipo de economía determinada por la riqueza absoluta y el exceso.
Si pensamos en Bataille y en la idea de una economía solar, incluso desde una perspectiva landiana de tender a la aniquilación —quizás no como un movimiento suicida, sino como la inclinación de toda vida a consumarse energéticamente—, vemos que vivenciar, experienciar e incluso encarnar esas fuerzas es precisamente a lo que nos enfrentamos en el caso de esta disociación respecto al flujo sónico de carácter cósmico: emanación constante de fuerzas que no tienen forma, pura intensidad arrojada al cero. Así como la energía solar o la del núcleo terrestre, la energía sónica se libera a partir de estas transducciones eléctricas que hacen posible el encuentro.
Bataille insiste en que todos los sistemas económicos terrestres constituyen elementos particulares dentro de un sistema energético general, basado en la descarga unilateral de radiación solar. La energía del sol se desperdicia en vano (=0), y la circulación de esta energía dentro de economías particulares solo puede suspender su resolución final en un desperdicio inútil. En última instancia, toda energía debe gastarse sin sentido y sin reservas, siendo las únicas preguntas dónde, cuándo y en nombre de quién ocurrirá esta descarga inútil. Aún más crucial, esta descarga o consumo terminal, que Bataille llama “gasto” (dépense), es el problema de la economía, ya que, en el nivel del sistema energético general, los “recursos” siempre se dan en exceso y el consumo es susceptible de recaer en una productividad secundaria (terrestre) que Bataille llama ‘consumo racional’.
En última instancia, toda energía debe gastarse sin sentido y sin reservas, y, aunque los sistemas humanos intenten organizarla bajo la lógica de la productividad y el “consumo racional”, su verdadera potencia siempre escapa a cualquier medida terrestre. Esta tensión entre exceso y control, entre flujo inmanente y límites artificiales, anticipa un campo en el que la energía —y con ella la experiencia misma— puede ser transducida, transformada y reorientada por otros medios: máquinas, frecuencias y sistemas que operan al margen de la comprensión humana, capaces de canalizar intensidades que, como el sol o el núcleo terrestre, parecen surgir de un cosmos indómito y profundamente alienígena.
Transducción ciberpositiva
La máquina como transducción de materia alienígena. Frecuencias como lenguaje de la materia, -sub frecuencias- y escuchar con la piel, carne-líquidos y vibración.
Si la música es una matematización del flujo sónico, el sonido y en sus formas como arte sonoro y/o música electrónica deviene el acceso transducido de intensidades cósmicas (solares/ vibracionales). Constantemente se hace el reproche desde la música y su lenguaje hacia las electrónicas como una entidad ajena, alienígena, por no poseer nada de ese lenguaje humano, o si es usado es relegado a una mínima parte del ejercicio transductivo. Justamente la electricidad y el desarrollo militar tecnológico es lo que permite este proceso. “El electro es una introducción didáctica a la militarización de la vida pop, es la sensualización de la militarización, es la intensificación del aparato sensorial que se acopla a la futurritmática. De internet a los videojuegos de simulación, la sociedad civil entera no es más que una gran rama del programa de investigación y desarrollo militar”. “El complejo militar del entretenimiento preprograma futuros virtuales predatorios”. “Lejos de ser la fuente generativa de la cultura pop, como todavía sostienen de manera pintoresca los medios de comunicación tradicionales, la calle no es hoy más que el patio de recreo al que se arrojan los desarrollos de más baja gama de la tecnología militar para que muten”.
De este modo, la liberación sónica y la transducción ciberpositiva no solo reproducen el flujo energético cósmico descrito por Bataille, sino que lo intensifican y canalizan mediante estructuras tecnológicas que reconfiguran la percepción y la experiencia vital, creando un espacio en el que energía, sonido y electricidad se entrelazan dentro de una economía de gasto y exceso que desafía toda lógica terrestre.
¿Entonces, qué tipo de alienaciones estamos viviendo? ¿Qué elementos y flujos no-humanos estaríamos experimentando sin siquiera tener noción de su potencia o de su capacidad de agenciamiento? ¿Qué instrumentos poseemos para acceder a esos flujos, o acaso intentar establecer contacto nos arrastraría hacia la consumación final?
Esta transducción continua redefine la experiencia estética: la música electrónica deja de ser un mero objeto de consumo simbólico para convertirse en un medio de economía general, en el sentido batalliano del gasto energético. Todos los sistemas capitalistas se vuelven subsistemas de un flujo mayor: la energía —solar, nuclear, acústica/ruido— siempre abunda y debe consumirse en exceso, sin un objetivo productivo final.
Si la transducción ciberpositiva nos permite canalizar flujos energéticos y sonoros más allá de la lógica humana, ¿qué opciones nos quedan? ¿Qué membranas o sentidos podríamos explorar?
Lo Háptico
Ojos cerrados, deja que la carne, tus líquidos y la piel sientan el caos.
La sobredeterminación de lo visual ha conducido a una saturación cerebral y a una retroactividad de las experiencias que, en ciertos aspectos, se vuelve incluso reaccionaria. Se nos obliga a una recursividad indolente, a una recursividad resiliente; se nos hace aceptar el dolor y el terror como parte de un proceso de arrastre. La crueldad, entendida como fuerza indiferente, escapa de los planos morales: intentar moralizarla nos desvía del eje hacia donde la disociación se concibe como un experimento con el afuera.
¿Que experimentamos cuando experienciamos el sonido? ¿Qué intensidades nos recorren? ¿Qué es lo auditivo-humano, que sería lo auditivo del devenir animal, imperceptible, alien?
La piel toma el control de todos los canales sensoriales, disparando una memoria de la piel y una telepatía de la piel, capacidades de reconocimiento por medio de los dedos, escalofríos de suspiros y jadeos arrebatados. La piel se vuelve un antena que recibe y transmite todo.
La piel, concebida como una membrana más resistente que el tímpano, nos abre hacia la experiencia de esos flujos. No es casual que McKenzie Wark insista en el uso de tapones para los oídos: más que protección, se trata de una tecnología que resguarda las secciones de baja intensidad para permitir la apertura perceptiva de las secciones sónicas de alta densidad. Un sound system no fue hecho para tímpanos, sino para escuchar y resonar con el cuerpo; el exceso no se reduce, se vive. La carne no actúa como barrera, sino como puente hacia lo otro, habilitando la escucha del ruido sintetizado y amplificado.
Si la piel y la carne nos permiten percibir los flujos sonoros más allá del oído, entonces la escucha no es solo sensorial: es un campo de intensidades, un espacio de interacción con fuerzas que exceden lo humano. Es aquí donde lo háptico encuentra su continuidad con la dimensión del ruido y la música: un territorio donde la energía no se mide, sino que se vive, se atraviesa y se disuelve. “Por una parte, el ruido es violencia: trastorna. Hacer ruido es romper una transmisión, desgajar, matar. Es simulacro de muerte. Por otra parte, la música es canalización del ruido, y por lo tanto simulacro de sacrificio. Es por ello sublimación, exacerbación del imaginario, al mismo tiempo que creación de orden social y de integración política”.
Según Attali, “[e]l ruido es un arma y la música es, en sus orígenes, la realización, la domesticación, la ritualización del uso de esta arma en un simulacro de homicidio ritual”. Por un lado, se observa un desencadenamiento que, estrato tras estrato, se habría humanizado; por otro, una aceleración desde la música techno o electrónica y las drogas como tecnología, que apunta nuevamente hacia ese afuera, hacia un punto cero. Nuestra exploración, sin embargo, no se detiene en lo social ni en lo simbólico: apunta a lo pre-individual, a ese límite total de pérdida de energía y consumación de la vida.
“Perder el control es ceder a los impulsos tóxicos, es cuando la sed de mutación se hace más fuerte, cuando te ahogas en ondas peristálticas de sensación tóxica, cuando la cabeza no es más que un pedazo de cartílago. Cuando los efectos se liberan de las causas y se escapan, cuando el sonido se separa de la fuente y del sentido, cuando la narrativa se disuelve en sensación.” Puro flujo sin codificaciones; el desorden como el límite del cero “la catástrofe está inscrita en el orden, así como la crisis está inscrita en el desarrollo. No hay ningún orden que no contenga en sí el desorden ni, seguramente, tampoco existe desorden que no pueda crear el orden”.
Disociarse en el límite es pisar el umbral entre orden y desorden, el ritmo maquínico despega con el control, entre ruido y código, umbral hacia lo pre–individual, flujos de materia sónica extraña. La piel vibra, el tímpano revienta. No hay fuentes, el sentido se disuelve como un mero detalle, el exceso atraviesa todo y nada. Punto cero. Solo sed ciega. “Solo existe la onda de choque termoespásmica, el flujo de energía tendencial, la degradación de la energía”.
“No hay sistemas cerrados, ni códigos estables, ni orígenes recuperables. Solo existe la onda de choque termoespásmica, el flujo de energía tendencial, la degradación de la energía.”
Nick Land